No sé ustedes, pero considero básico que todo mundo lleve a cabo una evaluación de vida. Es más, acostumbro hacerlo dos veces al año, una en junio (justo a la mitad) y otra en diciembre. Esto me ayuda a tener un panorama claro de qué he hecho en los últimos meses, qué logros he obtenido (porque es importante recordarse los éxitos, muchachas, créanme, son un boost para enfrentar los retos del futuro), cómo voy con mis objetivos actuales y qué me falta todavía por conseguir a mediano y largo plazo.

Gracias a esas reflexiones, puedo fijarme una dirección para llegar a donde quiero. Claro, caprichos y jugarretas de Dios, de la vida o del destino (lo que gusten) habrá siempre de por medio. Incluso, se vale cambiar de opinión a la mitad del camino; cosas que antes quería o que me parecían prioritarias en la vida ya no lo son ahora. Debo confesar que antes de mi ceremonia de graduación, nos invitaron a escribir una carta en la que teníamos que describir cómo nos veíamos en 10 años. Uff, aun recuerdo algunos sueños que anoté en ella. Hoy les puedo decir que he cumplido ninguno de ellos. A veces pienso que me dio miedo intentar, otras veces me río porque creo que a los 24 años no tenía claro ni qué ropa me iba a poner al día siguiente. Y esta incógnita (no la de qué ponerte, eh, sino la de “qué hacer con mi vida”) nos acompaña(rá) la mayor parte del tiempo.

Cada vez más, hay gente que ya no sigue el mismo patrón de vida, el convencional, pues. Y no es que esté mal, es muy respetable que la autorrealización y felicidad máxima de una persona radique en estudiar una licenciatura (y después la maestría), obtener un buen puesto en un gran corporativo, casarse, formar una familia y proceder con la educación de sus hijos. Pero debemos recordarnos constantemente que cada quien vive a su ritmo y de acuerdo a sus metas. Tanto han cambiado las generaciones que la mayoría de mis amigas en sus treinta no se han casado ni tienen hijos, es mas, ni novio tienen. Sí, muy #ForeverAlone. Pero eso no significa que todo esté mal o que nuestra vida se está yendo por un caño. Lo que sucede es que la presión que ejerce la sociedad todavía pesa. Es tan, tan fuerte que las preocupaciones, necesidades o deseos de los demás se convierten o asumen como propias. OUCH! Sus familias se preocupan demasiado porque nos estamos haciendo viejas… ¿Y creen que no sentimos lo mismo? Pero esos son puntos en la vida en los que aunque podemos hacer algo para concretarlos, no dependen enteramente de nosotras. O sea, estaría incre que pudiera pedir un novio por Amazon, ¡pero, NO-ES-POSIBLE! El consejo aquí es trabajar y enfocarte en lo que de verdad está en tus manos y aunque se lea trilladísimo, esperar, porque “el amor ya llegará”.

Por ello, no elimines de tu lista el “casarme”, solo no le asignes un lugar por arriba de otras cosas. Ver cómo los años pasan y sentir el agua hasta el cuello no está padre. Edita tu lista cuantas veces sea necesario pero sé consistente con las cosas más importantes. No la tomes como un “tic.-tac”, sino como un recordatorio y guía de lo que quieres para sentir que la vida está valiendo la pena. Y respecto a los propósitos de Año Nuevo que puedes incluir… ¿Hacer ejercicio? Perdón, pero este ya no debería estar en tu lista, ¡es un MUST para vivir mejor, no una meta que cumplir! Así que ponte las pilas y a cambiar ciertos hábitos, ok? Busca incluir actividades que siempre te han llamado la atención (aunque sean muy simples) y que por equis o ye no has podido realizar aun. Bienvenidos los viajes, vacaciones, aventuras, y hasta permitirte algo que te has reprimido o rechazado por pena o prejuicios. Puede tomarse como algo insignificante pero haberme hecho un piercing en el ombligo ya es un check en mi “To-do list”. Otro que sí puedo presumir es haber corrido por fin mis primeros 5K. No quiero terminar este texto sin expresar que estoy muy orgullosa de mi hermana y de mis amigas porque me han demostrado que hay mucho más por hacer y por vivir que lo que normalmente vemos a nuestro alrededor.

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Daf