Adopté un cachorro… ¡Y estuve a punto de regalarlo!

Hace dos semanas y media adopté un cachorrito de tres meses. Siempre lo quise (me declaro dog lover), pero lo que muchas personas consideran pretextos me detenían. En mi infancia nunca me permitieron escoger; bueno, solo entre animales aburridos como los pájaros, peces y tortugas (no offense para los que los disfrutan). Años más tarde, comprobé que lo que sucedía en realidad es que me lo prohibieron por una palabra: responsabilidad. Y claro que alguien de nueve años no sabe lo que significa. Por la misma razón, los adultos son los que entran al quite para ayudar y enseñarte que no es una tarea sencilla. En mi caso, precisamente la gente que me crió fue la que no quería hacerse cargo del “paquete”.  Con el paso de los años me acostumbré a no contar con esa compañía, pero conforme crecí y llegué a mis 30, veía a mi alrededor lo feliz que eran las personas con sus perritos y más aumentaba mi deseo por tener uno. En 2014 cuidé a tres perros, dos de ellos ya adultos. Una chulada. Me encariñé tanto con ellos que todavía le pregunto a sus dueños cómo están y cuándo puedo ir a visitarlos. Ajá, crazy b*tch, get your own dog!

Y así apareció Mozart “Mozy” en mi vida. Después de dejar a un lado “el momento adecuado”, tomé la decisión. Además de la felicidad que te brindan, estudios revelan que alejan muchas enfermedades y que regulan la presión arterial, pero sobre todo, que están ahí para ti, pase lo que pase. Lo último lo comprobé hace poco, cuando en un momento de tristeza y llanto, Mozy se acercó a secarme las lágrimas con su lengua (lo cual ocasionó que solo llorara más). El punto es que también es muy agradable ver que un ser se emocione mucho al verte cuando regresas a casa.

Pasaron los días y de repente, las cosas no parecían andar bien. Popó aquí, pipí allá, ¡y según yo ya había entendido todo gracias a su tapete entrenador! Cuando me habían dicho “te va a cambiar la vida”, supuse que todos se referían “para bien” pero omitieron el “cuando crezca”. Entré en crisis. Me preguntaba una y otra vez si había hecho lo correcto. Por supuesto que la respuesta era afirmativa, ¡le di un hogar! ¿Pero a costa de qué? Sentía mi sueño interrumpido, mi tiempo corto, mi libertad coartada. ¡Traz! Responsabilidad, compromiso, sacrificios… Acostumbrada por obligación, nunca por voluntad, por propia elección. Consideré en buscarle un nuevo hogar (sí, luego me sentí como una bruja, sin corazón). Recibí reclamos por parte de mi hermana y gracias a Dios, me hizo entrar en razón. ¿Cómo podía ser capaz?

Comprendí que apenas es un bebé, que no va a aprender a la primera, que tengo que ser paciente, que se trata de un ser vivo, no de un producto que puedo regresar a la tienda, que si tomé la decisión debo ser madura y respetarla. Pero lo que más reflexioné fue sobre el arrepentimiento y dolor que me hubiera causado el regalarlo. Me conozco cada vez más y sé que no me lo hubiera perdonado nunca. Me dio gusto darme cuenta que tuve miedo (es normal) pero que no soy una mujer egoísta. Confío en que sean más los momentos de risas que los “no, no, no, no” que abundan por ahora. Quise escribir este post para aquellas personas que tengan miedo, de adoptar o por haber adoptado. ¡Piensa bien por qué lo hiciste! Ya vamos por las tres semanas de estar juntos y la ocasión en la que me consoló y estuvo conmigo ya es algo que valoro mucho de tener a Mozy en mi vida.

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Dafne Ruiz

Editora

Creadora de Must Wanted. Escritora, blogger y periodista. Colabora en Vanity Fair México.

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